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lunes, 11 de julio de 2016
miércoles, 1 de junio de 2016
lunes, 11 de abril de 2016
Sobre la novela blanca.
Escribo esta entrada a sugerencia de
una amiga, aunque antes debo confesar que soy anti clasificaciones, etiquetas,
géneros y subgéneros en general, pero sobre todo literarios. Cuando definimos,
hacemos eso, poner límites, fronteras y creo que la Literatura tiende a
rebasarlos y escapar de ellos. Recomiendo la lectura de Palimpsestos, de Gérard Genette, donde hace un repaso
de todas las clasificaciones a lo largo de la historia de la Teoría de la
Literatura, a ver si se salva alguna.
La primera vez que escuché el
término “novela blanca” fue hace un año y medio, en una cena que hicimos las
del grupo de facebook “Romántica Adulta Illes Balears”, que organizó Paula
Rosselló Frau. Allí me dijeron que se considera novela blanca a aquellas
novelas románticas (que ya en sí es una subclasificación cuestionable y
cuestionada) en las que no había escenas de sexo explícito. Eso ocurre en las
mías, y ahora debo confesar que, cuando comencé a escribir esto que se supone
que es novela romántica, yo jamás había leído ninguna de las que se engloban en
este subgénero, a no ser las novelas del siglo XIX, que ahora parecen estar a caballo
entre su estilo y la novela romántica (ya me he puesto las pilas con la actual).
Por tanto, no tenía ni idea de que
en la actualidad las novelas románticas incluyeran escenas de sexo explícito y
pensaba que eso era cuestión de las eróticas. Pero hete aquí que veo, leyendo a
expertos en el tema, que existe la
romántica (que suele tener escenas de sexo explícito, aunque no es obligatorio),
la romántica erótica (en la que abundan estas escenas, aunque insertadas en una
historia de amor) y la erótica (donde hay sexo sin amor). También noto que todo
el mundo distingue la pornográfica de la erótica, sin que se marque el límite o
se ponga ningún ejemplo de ello, cuando precisamente la definición de
pornografía es la de explicitar este tipo de escenas, aunque se le añade el
matiz de “con el fin de producir excitación”. Bien, de nuevo, vemos que las
fronteras se diluyen, porque la RAE también define, en una de sus entradas, el
adjetivo ‘erótico’ como “aquello que excita el placer sexual”, aunque cuando se
refiere a una obra literaria, matiza “que tratan del amor sensual o el deseo
amoroso”. En fin, en este último caso podríamos englobar La Regenta, donde no hay ninguna escena de sexo explícito (eso sí,
hay una elipsis preciosa del primer encuentro entre Ana Ozores y Álvaro Mesía),
sin embargo, hoy sería etiquetada de novela blanca.
Así que, entre las dudas que
producen estas clasificaciones, al menos quiero destacar que una novela en la
que no hay escenas de sexo explícito no implica que no las haya, aunque estén
elididas. También pueden ser contadas de forma metafórica, como en el caso del
primer encuentro sexual entre Leonor y Patrick en La playa del irlandés, de Elena Bargues. Pero, sobre todo, una
novela blanca no tiene por qué estar exenta de erotismo, es decir, de deseo y
sensualidad. Nunca he pensado que Orgullo
y prejuicio, novela costumbrista, romántica-blanca o como la quieran
catalogar, carezca de tensión sexual. Particularmente, y eso no va en
detrimento de otras opciones, sino que solo apela a mi gusto personal, prefiero
que la tensión sexual recaiga en los diálogos, miradas, gestos, incluso
ausencias o silencios que en escenas explícitas. Ahora bien, cada novela tiene
sus propias reglas y, aparte de la verosimilitud, que es una exigencia que
afecta a todas, hay historias que piden mayor detalle, aunque ni siquiera
pertenezcan a una novela romántica. Una escena de sexo explícito puede hablar
de la personalidad de un personaje de novela negra, aunque en este caso, es de
suponer, que la idea no es excitar al lector, sino la de mostrar unos rasgos de
su carácter. Y en novela negra no encuentro diferencias sobre novelas negras
blancas o no blancas, como tampoco en otros subgéneros.
De todas formas, si el concepto de
novela blanca solo se aplicara a la romántica para designar aquellas que no
tienen escenas de sexo explícito, parecería fácil delimitarla, pero ni siquiera
es así. A mí no me queda claro si una novela en la que hay toqueteos impúdicos,
es decir, carentes del recato exigido, es una novela blanca o no. Y aquí
entrarían las dudas en si el límite sería la penetración o el orgasmo. O bien,
como he leído en algún caso en el que no se ha descrito la escena sexual en su
momento, posteriormente se ha aludido a ella en recuerdos o conversaciones,
dando ahora sí algún detalle de lo que sucedió.
En
fin, en lo que a mí respecta, el reto está en crear esa tensión sexual, ese
deseo de que la pareja protagonista concluya con un final feliz sin que haya
ninguna escena de sexo entre ellos, tanto si está explicitada como si no,
aunque es cierto que a veces incluyo algún beso robado. Y, como ese es mi
gusto, echo de menos que haya más “novelas blancas” en el mercado, porque creo
que igual que hay un público que demanda las escenas explícitas, también lo hay
que prefiere libros sin ellas (del mismo modo que hay lectores que quieren leer
historias de vampiros y, otros, que no). Es cierto que alguna se encuentra,
pero son muy pocas si lo comparamos con las que sí incluyen estas escenas. Y no
es cuestión de puritanismo (al igual que preferir lo erótico no te convierte en
ansioso sexual), sino que se trata de inclinaciones literarias. En resumen, que añoro la sutilidad. ¿Alguien
comparte esta añoranza?
martes, 8 de marzo de 2016
La torre Eiffel y sus críticas.
En Gardenias en el lago, Blake y el señor Gardner hablan sobre los
nuevos materiales de construcción, entre ellos, el hierro, y mencionan la Torre
Eiffel, cuyo levantamiento ya ha comenzado. El señor Gardner manifiesta su
desaprobación, al considerar que el monumento es horrible, y Blake le habla de
las protestas que artistas e intelectuales están llevando a cabo.
Como ya sabemos, el proyecto de
una torre de 300 metros nació con motivo de la preparación de la Exposición
Universal de París, en 1889, aunque en primer lugar se había presentado para la
celebrada en Barcelona, que fue rechazada y, en su lugar, se aceptó el
monumento a Colón.
Los dos ingenieros principales
de la empresa Eiffel, Émile Nouguier y Maurice Koechlin, habían tenido la idea
de una torre muy alta ya en 1884, diseñada como un gran pilar con 4 columnas
separadas en la base a modo de patas que se unían en la parte superior, unidas
entre sí por vigas metálicas dispuestas en intervalos regulares. La compañía
tenía dominado perfectamente el principio de los soportes de puentes. El
proyecto de la torre era una extensión de este principio con una altura de 300
metros, es decir, el equivalente a la cifra simbólica de 1000 pies de los
soportes de puentes. El 18 de septiembre de 1884 Eiffel patentó “un nuevo
diseño que permitía construir soportes y postes metálicos capaces de alcanzar
una altura superior a 300 metros.
El montaje de las patas comenzó el 1 julio 1887 para terminar veintiún
meses más tarde. Todos los elementos se prepararon en la fábrica de
Levallois-Perret cerca de París, sede de la empresa Eiffel. Cada una de las
18.000 piezas de la torre fue diseñada y calculada antes de ser trazada al
milímetro y ensamblada por elementos de unos cinco metros. Sobre el terreno,
entre 150 y 300 obreros, dirigidos por un equipo de veteranos en grandes
viaductos metálicos, se encargaron del montaje de este gigantesco mecano.
Y
en cuanto empezaron a aparecer las primeras imágenes del proyecto, llegaron las
críticas. Leon Bloy la calificó de “trágica farola”; Verlaine,
de “horroroso esqueleto de atalaya”, Sully Purdhomme dijo de ella que era la “Nôtre
Dame de la quincalla”; Joris-Karl Huysmans la consideró una “un tubo de fábrica
en construcción, un armazón que espera ser cubierto por piedras o ladrillos,
esta alambrera infundibuliforme, este supositorio acribillado de hoyos”.
Maupasant, tal vez el más célebre de sus detractores, escribió: “pirámide alta
y flaca de escalas de hierro, esqueleto gigante falto de gracia, cuya base
parece hecha para llevar un monumento formidable de Cíclopes, aborto de un
ridículo y delgado perfil de chimenea de fábrica” y cuando estuvo construida
añadió que el mejor lugar de París para almorzar era debajo de la Torre Eifell,
porque era el único lugar desde no se veía ese mamotreto.
Recogiendo la opinión de muchos
más, en el periódico Le Temps apareció, dirigida al Sr. Alphand (director de
obras de la Exposición), la “Protesta contra la torre del Sr. Eiffel”, firmada
por grandes nombres del mundo de las letras y las artes, como Charles Gounod,
Guy de Maupassant, Alexandre Dumas fils, François Coppée, Leconte de Lisle,
Sully Prudhomme, William Bouguereau, Ernest Meissonier, Victorien Sardou,
Charles Garnier y otros a quienes la posteridad ha favorecido menos. Uno de los
fragmentos de esta protesta decía:
""Nosotros, escritores, pintores, escultores, arquitectos,
apasionados aficionados por la belleza de París hasta ahora
intacta, venimos a protestar con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra
indignación, en nombre del gusto francés anónimo, en nombre del arte y de la
historia francesa amenazadas, contra la erección en pleno corazón de nuestra
capital, de la inútil y monstruosa torre Eiffel, a la que la
picaresca pública, a menudo poseedora de sentido común y espíritu de justicia,
ya ha bautizado con el nombre de Torre de Babel. (...) ¿La ciudad de París va a
relacionar los más antiguos edificios barrocos con las mercantiles
imaginaciones de un constructor de máquinas, para afearse irreparablemente y
deshonrarse? (...).
Para hacerse una idea de lo que
adelantamos, basta además imaginarse una torre vertiginosamente ridícula
dominando París, así como una negra y gran chimenea de una fábrica, aplastante
con su enorme masa. (...) todos nuestros monumentos humillados, toda nuestra
arquitectura venida a menos, desapareciendo entre ese sueño asombroso.
Y durante veinte años veremos
alargarse sobre toda la ciudad, todavía estremecida por el genio de tantos
siglos, como una mancha de tinta,
la odiosa sombra de la odiosa columna de hierro forjado".
Eiffel contestó a esta protesta,
pero el éxito durante la Exposición, pues la torre recibió dos millones de
visitantes, fue más contundente.
lunes, 29 de febrero de 2016
Freaks (monstruos o fenómenos victorianos)
En
Gardenias en el lago, otro de los consejos que Blake da al señor Gardner para
que su hotel tenga éxito es el de incluir un “fenómeno” entre su personal,
aunque, en este caso, no lo dice en serio.
Y es que los fenómenos (“freaks” o “monstruos”) se pusieron de moda en
la época victoriana. En este concepto se incluye todo lo que era considerado
una rareza humana (personas con todo tipo de anomalías o incluso simplemente personas
de otra raza).
En el siglo XIX, las
deformaciones físicas no eran tanto un obstáculo como un talento. En aquella
época la deformación física se utilizó para sacar provecho de la misma. Muchos
de los artistas o intérpretes que trabajaron en los “Museos de diez
centavos” pudieron conseguir un trabajo con un buen salario, casarse y tener
una vida relativamente feliz.
Los museos de diez centavos
fueron creados siguiendo el modelo del Museo Americano de P. T. Barnum en
Broadway, que presentaba “curiosidades” humanas, así como muchas exposiciones
inusuales y cuestionablemente “científicas”. En muchos aspectos eran como las
barracas de circo, y en ellos destacaban los “Freaks” humanos que mostraban
sus extrañas fisonomías a los visitantes boquiabiertos.
Estas
personas no solo triunfaron en el mundo del circo o expuestos en feria, sino
que incluso se pusieron de moda las retratos fotográficos, que se vendían en
forma de Tarjetas de Gabinete y fueron muy populares, ya que, por su precio,
también podía adquirirla la clase media.
El fotógrafo más destacado en
este oficio fue Charles Eisenmann (Alemania,1855-Nueva York, 1927 ), que
triunfó en la década de los 80 y tenía situado su estudio en el distrito Bowery
de NuevaYork. En esa época en el distrito de Bowery convivían una
mezcla ecléctica de artistas, gente de paso y prostitutas. Charles Eisenmann
empezó a realizar retratos fotogáficos de mostraban a gente que se exhibían en
los famosos “museos de a diez centavos” en la década de 1870.
Al mismo tiempo que
fotografiaba a gente “normal” de forma convencional, Eisenmann
continuó trabajando en su archivo de “Freaks” dura Los “freaks” que acudían al
estudio de Eisenmann tenían sus motivos. Vestidos con uniformes de cuello alto
y vestidos de la época victoriana, Eisenmann, en sus retratos intentaba
mejorar cuidadosamente la “rareza” física de los diferentes
modelos. Sophia Schultz, “La Enana Fat Lady” era una asidua al
estudio de Eisenmann. En algún momento durante la década de 1880, comenzó a
dejarse crecer el vello facial, hecho que fue reforzado con trazos de
lápiz. Fanny Mills había nacido con un bello rostro y unos pies
gigantescos. Fanny llegó al estudio con una dote de 5000 $ en
efectivo y una “granja bien surtida” en Ohio otorgadas por su padre, quien
desesperado, intentaba encontrar algún hombre soltero dispuesto a tomarla como
esposa. Personas con apariencias sorprendentes habían tenido una vida
increíble. Es el caso de Myrtle Corbin “cuatro piernas”, una mujer que
había tenido 2 y 3 hijos de cada una de sus dos vaginas.
En
el libro Monstruos de la Edad de Oro (1979), aparecen muestras de su
trabajo sobre rarezas humanas que trabajaban en el circo Barnum &
Bailey. Un imagen que tuvo gran difusión fue la de Jojo el muchacho con
cara de perro. A pesar de una parte de sus fotografías eran
falsificaciones evidentes (“monstruos” trucados), muchas otras eran realmente
individuos con anomalías, incluyendo el gigante Goshen Ruth, Myrtle
Corbin, la niña de cuatro piernas, las siamesas Millie y Christine...
En fin, que la
diferencia daba de sí económicamente, y que lo en otro momento se ha podido considerar
una maldición, en esta época producía beneficios.
viernes, 26 de febrero de 2016
Primeros capítulos de Gardenias en el lago
En este enlace, se pueden leer los primeros capítulos de Gardenias en el lago, la segunda novela de la serie
"Crónicas de Horston":
http://book2look.es/book/7NtgVcobyN&clickedBy=wall&wallid=ghuhpovpfr&euid=0&ruid=0&referurl=book2look.es
martes, 23 de febrero de 2016
Wimbledon y los hermanos Renshaw
En
Gardenias en el lago, novela que sale el próximo marzo, Leopold Blake aconseja
al señor Gardner que incluya unas pistas de tenis en la oferta lúdica del hotel
y que, para obtener publicidad, invite a los hermanos Renshaw, ya que están
triunfando en Wimbledon.
Y
es que en 1888 ya existía este torneo. De hecho, la primera vez que se jugó,
organizado por "All England Lawn Tennis and Croquet Club" fue en 1877
y se disputó en una pista cercana Worple Road. Los únicos partidos que se jugaron
fueron los individuales masculinos, en los que participaron 22 jugadores. Hubo
200 espectadores y la entrada costaba un chelín.
En 1884 se agregaron los individuales femeninos
y dobles masculinos.
En 1888, que es el año
que nos afecta en cuestión el campeonato se llevó a
cabo entre los días 9 y 16 de julio. En la final, Ernest Renshaw venció a
Herbert Lawford 6-3, 7-5 y 6-0.
Ese año, también, aún ostenta un récord la tenista
Charlotte “Lottie” Dod, que ha sido la campeona de individuales más joven de
toda la historia. En aquel momento, tenía 15 años y 285 días.
Pero volvamos a Ernest Renshaw, quien ganó ese año
el campeonato de individuales, pero también consiguió en cinco ocasiones
proclamarse vencedor de dobles, en los que jugó junto a su hermano gemelo. En
su palmarés también se incluyen cuatro títulos de singles de los Campeonatos
irlandeses (1883, 1887, 1888 y 1892). Sin embargo, más famoso que él llegó a
ser William, su hermano gemelo, que había nacido quince minutos después que
Ernest y era media pulgada más alto.
El título más
espectacular de los conseguidos por William fue en 1889, cuando en la final de
all-comers ante Harry Barlow levantó 6 puntos de partido y luego remontó un 0-5
en el quinto set. En la final derrotó a su hermano Ernest, a había vencido en
las finales de 1882 y 1883. Junto a este último conquistó un total de 7 títulos
de Wimbledon en dobles (récord luego superado por los hermanos Doherty, con 8
títulos). Sus 14 títulos en Wimbledon se mantienen como un récord histórico.
El auge
de la popularidad del juego durante la década de 1880 debido al estilo de tenis
moderno que introdujeron de los hermanos Renshaw se conoce como la 'Renshaw
Rush'.
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