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miércoles, 1 de junio de 2016

Feria del libro de Palma


                            


                     ¡Os espero!




lunes, 11 de abril de 2016

Sobre la novela blanca.



            Escribo esta entrada a sugerencia de una amiga, aunque antes debo confesar que soy anti clasificaciones, etiquetas, géneros y subgéneros en general, pero sobre todo literarios. Cuando definimos, hacemos eso, poner límites, fronteras y creo que la Literatura tiende a rebasarlos y escapar de ellos. Recomiendo la lectura de Palimpsestos, de Gérard Genette, donde hace un repaso de todas las clasificaciones a lo largo de la historia de la Teoría de la Literatura, a ver si se salva alguna.



            La primera vez que escuché el término “novela blanca” fue hace un año y medio, en una cena que hicimos las del grupo de facebook “Romántica Adulta Illes Balears”, que organizó Paula Rosselló Frau. Allí me dijeron que se considera novela blanca a aquellas novelas románticas (que ya en sí es una subclasificación cuestionable y cuestionada) en las que no había escenas de sexo explícito. Eso ocurre en las mías, y ahora debo confesar que, cuando comencé a escribir esto que se supone que es novela romántica, yo jamás había leído ninguna de las que se engloban en este subgénero, a no ser las novelas del siglo XIX, que ahora parecen estar a caballo entre su estilo y la novela romántica (ya me he puesto las pilas con la actual). 



            Por tanto, no tenía ni idea de que en la actualidad las novelas románticas incluyeran escenas de sexo explícito y pensaba que eso era cuestión de las eróticas. Pero hete aquí que veo, leyendo a expertos en el tema, que existe la romántica (que suele tener escenas de sexo explícito, aunque no es obligatorio), la romántica erótica (en la que abundan estas escenas, aunque insertadas en una historia de amor) y la erótica (donde hay sexo sin amor). También noto que todo el mundo distingue la pornográfica de la erótica, sin que se marque el límite o se ponga ningún ejemplo de ello, cuando precisamente la definición de pornografía es la de explicitar este tipo de escenas, aunque se le añade el matiz de “con el fin de producir excitación”. Bien, de nuevo, vemos que las fronteras se diluyen, porque la RAE también define, en una de sus entradas, el adjetivo ‘erótico’ como “aquello que excita el placer sexual”, aunque cuando se refiere a una obra literaria, matiza “que tratan del amor sensual o el deseo amoroso”. En fin, en este último caso podríamos englobar La Regenta, donde no hay ninguna escena de sexo explícito (eso sí, hay una elipsis preciosa del primer encuentro entre Ana Ozores y Álvaro Mesía), sin embargo, hoy sería etiquetada de novela blanca.



            Así que, entre las dudas que producen estas clasificaciones, al menos quiero destacar que una novela en la que no hay escenas de sexo explícito no implica que no las haya, aunque estén elididas. También pueden ser contadas de forma metafórica, como en el caso del primer encuentro sexual entre Leonor y Patrick en La playa del irlandés, de Elena Bargues. Pero, sobre todo, una novela blanca no tiene por qué estar exenta de erotismo, es decir, de deseo y sensualidad. Nunca he pensado que Orgullo y prejuicio, novela costumbrista, romántica-blanca o como la quieran catalogar, carezca de tensión sexual. Particularmente, y eso no va en detrimento de otras opciones, sino que solo apela a mi gusto personal, prefiero que la tensión sexual recaiga en los diálogos, miradas, gestos, incluso ausencias o silencios que en escenas explícitas. Ahora bien, cada novela tiene sus propias reglas y, aparte de la verosimilitud, que es una exigencia que afecta a todas, hay historias que piden mayor detalle, aunque ni siquiera pertenezcan a una novela romántica. Una escena de sexo explícito puede hablar de la personalidad de un personaje de novela negra, aunque en este caso, es de suponer, que la idea no es excitar al lector, sino la de mostrar unos rasgos de su carácter. Y en novela negra no encuentro diferencias sobre novelas negras blancas o no blancas, como tampoco en otros subgéneros.




            De todas formas, si el concepto de novela blanca solo se aplicara a la romántica para designar aquellas que no tienen escenas de sexo explícito, parecería fácil delimitarla, pero ni siquiera es así. A mí no me queda claro si una novela en la que hay toqueteos impúdicos, es decir, carentes del recato exigido, es una novela blanca o no. Y aquí entrarían las dudas en si el límite sería la penetración o el orgasmo. O bien, como he leído en algún caso en el que no se ha descrito la escena sexual en su momento, posteriormente se ha aludido a ella en recuerdos o conversaciones, dando ahora sí algún detalle de lo que sucedió.      





En fin, en lo que a mí respecta, el reto está en crear esa tensión sexual, ese deseo de que la pareja protagonista concluya con un final feliz sin que haya ninguna escena de sexo entre ellos, tanto si está explicitada como si no, aunque es cierto que a veces incluyo algún beso robado. Y, como ese es mi gusto, echo de menos que haya más “novelas blancas” en el mercado, porque creo que igual que hay un público que demanda las escenas explícitas, también lo hay que prefiere libros sin ellas (del mismo modo que hay lectores que quieren leer historias de vampiros y, otros, que no). Es cierto que alguna se encuentra, pero son muy pocas si lo comparamos con las que sí incluyen estas escenas. Y no es cuestión de puritanismo (al igual que preferir lo erótico no te convierte en ansioso sexual), sino que se trata de inclinaciones literarias.          En resumen, que añoro la sutilidad. ¿Alguien comparte esta añoranza?

martes, 8 de marzo de 2016

La torre Eiffel y sus críticas.



    En Gardenias en el lago, Blake y el señor Gardner hablan sobre los nuevos materiales de construcción, entre ellos, el hierro, y mencionan la Torre Eiffel, cuyo levantamiento ya ha comenzado. El señor Gardner manifiesta su desaprobación, al considerar que el monumento es horrible, y Blake le habla de las protestas que artistas e intelectuales están llevando a cabo.


    Como ya sabemos, el proyecto de una torre de 300 metros nació con motivo de la preparación de la Exposición Universal de París, en 1889, aunque en primer lugar se había presentado para la celebrada en Barcelona, que fue rechazada y, en su lugar, se aceptó el monumento a Colón.



    Los dos ingenieros principales de la empresa Eiffel, Émile Nouguier y Maurice Koechlin, habían tenido la idea de una torre muy alta ya en 1884, diseñada como un gran pilar con 4 columnas separadas en la base a modo de patas que se unían en la parte superior, unidas entre sí por vigas metálicas dispuestas en intervalos regulares. La compañía tenía dominado perfectamente el principio de los soportes de puentes. El proyecto de la torre era una extensión de este principio con una altura de 300 metros, es decir, el equivalente a la cifra simbólica de 1000 pies de los soportes de puentes. El 18 de septiembre de 1884 Eiffel patentó “un nuevo diseño que permitía construir soportes y postes metálicos capaces de alcanzar una altura superior a 300 metros.



    El montaje de las patas comenzó el 1 julio 1887 para terminar veintiún meses más tarde. Todos los elementos se prepararon en la fábrica de Levallois-Perret cerca de París, sede de la empresa Eiffel. Cada una de las 18.000 piezas de la torre fue diseñada y calculada antes de ser trazada al milímetro y ensamblada por elementos de unos cinco metros. Sobre el terreno, entre 150 y 300 obreros, dirigidos por un equipo de veteranos en grandes viaductos metálicos, se encargaron del montaje de este gigantesco mecano.



     Y en cuanto empezaron a aparecer las primeras imágenes del proyecto, llegaron las críticas. Leon Bloy la calificó de “trágica farola”; Verlaine, de “horroroso esqueleto de atalaya”, Sully Purdhomme dijo de ella que era la “Nôtre Dame de la quincalla”; Joris-Karl Huysmans la consideró una “un tubo de fábrica en construcción, un armazón que espera ser cubierto por piedras o ladrillos, esta alambrera infundibuliforme, este supositorio acribillado de hoyos”. Maupasant, tal vez el más célebre de sus detractores, escribió: “pirámide alta y flaca de escalas de hierro, esqueleto gigante falto de gracia, cuya base parece hecha para llevar un monumento formidable de Cíclopes, aborto de un ridículo y delgado perfil de chimenea de fábrica” y cuando estuvo construida añadió que el mejor lugar de París para almorzar era debajo de la Torre Eifell, porque era el único lugar desde no se veía ese mamotreto.




    Recogiendo la opinión de muchos más, en el periódico Le Temps apareció, dirigida al Sr. Alphand (director de obras de la Exposición), la “Protesta contra la torre del Sr. Eiffel”, firmada por grandes nombres del mundo de las letras y las artes, como Charles Gounod, Guy de Maupassant, Alexandre Dumas fils, François Coppée, Leconte de Lisle, Sully Prudhomme, William Bouguereau, Ernest Meissonier, Victorien Sardou, Charles Garnier y otros a quienes la posteridad ha favorecido menos. Uno de los fragmentos de esta protesta decía:

     ""Nosotros, escritores, pintores, escultores, arquitectos, apasionados aficionados por la belleza de París hasta ahora intacta, venimos a protestar con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra indignación, en nombre del gusto francés anónimo, en nombre del arte y de la historia francesa amenazadas, contra la erección en pleno corazón de nuestra capital, de la inútil y monstruosa torre Eiffel, a la que la picaresca pública, a menudo poseedora de sentido común y espíritu de justicia, ya ha bautizado con el nombre de Torre de Babel. (...) ¿La ciudad de París va a relacionar los más antiguos edificios barrocos con las mercantiles imaginaciones de un constructor de máquinas, para afearse irreparablemente y deshonrarse? (...).
     Para hacerse una idea de lo que adelantamos, basta además imaginarse una torre vertiginosamente ridícula dominando París, así como una negra y gran chimenea de una fábrica, aplastante con su enorme masa. (...) todos nuestros monumentos humillados, toda nuestra arquitectura venida a menos, desapareciendo entre ese sueño asombroso.
     Y durante veinte años veremos alargarse sobre toda la ciudad, todavía estremecida por el genio de tantos siglos, como una mancha de tinta, la odiosa sombra de la odiosa columna de hierro forjado".



      Eiffel contestó a esta protesta, pero el éxito durante la Exposición, pues la torre recibió dos millones de visitantes, fue más contundente.




lunes, 29 de febrero de 2016

Freaks (monstruos o fenómenos victorianos)



      En Gardenias en el lago, otro de los consejos que Blake da al señor Gardner para que su hotel tenga éxito es el de incluir un “fenómeno” entre su personal, aunque, en este caso, no lo dice en serio.  Y es que los fenómenos (“freaks” o “monstruos”) se pusieron de moda en la época victoriana. En este concepto se incluye todo lo que era considerado una rareza humana (personas con todo tipo de anomalías o incluso simplemente personas de otra raza). 


       En el siglo XIX, las deformaciones físicas no eran tanto un obstáculo como un talento. En aquella época la deformación física se utilizó para sacar provecho de la misma. Muchos de los artistas o intérpretes que trabajaron  en los “Museos de diez centavos” pudieron conseguir un trabajo con un buen salario, casarse y tener una vida relativamente feliz.



      Los museos de diez centavos fueron creados siguiendo el modelo del Museo Americano de P. T. Barnum en Broadway, que presentaba “curiosidades” humanas, así como muchas exposiciones inusuales y cuestionablemente “científicas”. En muchos aspectos eran como las barracas de circo, y en ellos destacaban los “Freaks” humanos que mostraban sus extrañas fisonomías  a los visitantes boquiabiertos.



     Estas personas no solo triunfaron en el mundo del circo o expuestos en feria, sino que incluso se pusieron de moda las retratos fotográficos, que se vendían en forma de Tarjetas de Gabinete y fueron muy populares, ya que, por su precio, también podía adquirirla la clase media. 



     El fotógrafo más destacado en este oficio fue Charles Eisenmann (Alemania,1855-Nueva York, 1927 ), que triunfó en la década de los 80 y tenía situado su estudio en el distrito Bowery de NuevaYork. En esa época en el distrito de Bowery convivían una mezcla ecléctica de artistas, gente de paso y prostitutas. Charles Eisenmann empezó a realizar retratos fotogáficos de mostraban a gente que se exhibían en los famosos “museos de a diez centavos” en la década de 1870. 



    Al mismo tiempo  que fotografiaba a gente “normal” de forma convencional, Eisenmann continuó trabajando en su archivo de “Freaks” dura Los “freaks” que acudían al estudio de Eisenmann tenían sus motivos. Vestidos con uniformes de cuello alto y vestidos de la época victoriana, Eisenmann, en sus retratos intentaba mejorar cuidadosamente la “rareza” física de los diferentes modelos. Sophia Schultz, “La Enana Fat Lady” era una asidua al estudio de Eisenmann. En algún momento durante la década de 1880, comenzó a dejarse crecer el vello facial, hecho que fue reforzado con trazos de lápiz. Fanny Mills había nacido con un bello rostro y unos pies gigantescos. Fanny llegó al estudio con una dote de 5000 $  en efectivo y una “granja bien surtida” en Ohio otorgadas por su padre, quien desesperado, intentaba encontrar algún hombre soltero dispuesto a tomarla como esposa.  Personas con apariencias sorprendentes habían tenido una vida increíble. Es el caso de Myrtle Corbin “cuatro piernas”, una mujer que había tenido 2 y 3 hijos de cada una de sus dos vaginas.



     En el libro Monstruos de la Edad de Oro (1979), aparecen muestras de su trabajo sobre rarezas humanas que trabajaban en el circo Barnum & Bailey. Un imagen que tuvo gran difusión fue la de Jojo el muchacho con cara de perro. A pesar de una parte de sus fotografías eran falsificaciones evidentes (“monstruos” trucados), muchas otras eran realmente individuos con anomalías, incluyendo el gigante Goshen Ruth, Myrtle Corbin, la niña de cuatro piernas, las siamesas Millie y Christine...




     En fin, que la diferencia daba de sí económicamente, y que lo en otro momento se ha podido considerar una maldición, en esta época producía beneficios.



viernes, 26 de febrero de 2016

martes, 23 de febrero de 2016

Wimbledon y los hermanos Renshaw




        En Gardenias en el lago, novela que sale el próximo marzo, Leopold Blake aconseja al señor Gardner que incluya unas pistas de tenis en la oferta lúdica del hotel y que, para obtener publicidad, invite a los hermanos Renshaw, ya que están triunfando en Wimbledon.

       Y es que en 1888 ya existía este torneo. De hecho, la primera vez que se jugó, organizado por "All England Lawn Tennis and Croquet Club" fue en 1877 y se disputó en una pista cercana Worple Road. Los únicos partidos que se jugaron fueron los individuales masculinos, en los que participaron 22 jugadores. Hubo 200 espectadores y la entrada costaba un chelín.





        En  1884 se agregaron los individuales femeninos y dobles masculinos.


 

    
   En 1888, que es el año que nos afecta en cuestión el campeonato se llevó a cabo entre los días 9 y 16 de julio. En la final, Ernest Renshaw venció a Herbert Lawford 6-3, 7-5 y 6-0.

     Ese año, también, aún ostenta un récord la tenista Charlotte “Lottie” Dod, que ha sido la campeona de individuales más joven de toda la historia. En aquel momento, tenía 15 años y 285 días. 

      Pero volvamos a Ernest Renshaw, quien ganó ese año el campeonato de individuales, pero también consiguió en cinco ocasiones proclamarse vencedor de dobles, en los que jugó junto a su hermano gemelo. En su palmarés también se incluyen cuatro títulos de singles de los Campeonatos irlandeses (1883, 1887, 1888 y 1892). Sin embargo, más famoso que él llegó a ser William, su hermano gemelo, que había nacido quince minutos después que Ernest y era media pulgada más alto.



      El título más espectacular de los conseguidos por William fue en 1889, cuando en la final de all-comers ante Harry Barlow levantó 6 puntos de partido y luego remontó un 0-5 en el quinto set. En la final derrotó a su hermano Ernest, a había vencido en las finales de 1882 y 1883. Junto a este último conquistó un total de 7 títulos de Wimbledon en dobles (récord luego superado por los hermanos Doherty, con 8 títulos). Sus 14 títulos en Wimbledon se mantienen como un récord histórico.




        El auge de la popularidad del juego durante la década de 1880 debido al estilo de tenis moderno que introdujeron de los hermanos Renshaw se conoce como la 'Renshaw Rush'.