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miércoles, 25 de junio de 2014
El ferrocarril
En 1830 se inauguró la primera línea de ferrocarril interurbano, la línea entre Liverpool y Mancherster. La vía utilizada era del mismo tipo que otras anteriores, como la del ferrocarril entre Stockton y Darlington. Su ancho era de 1.435 mm, actualmente conocido como ancho internacional ya que es utilizado por aproximadamente el 60% de los ferrocarriles actuales. El mismo año se inauguró el primer tramo de la línea entre Baltimore y Ohio, la primera en unir líneas individuales en una red.
En los años siguientes, el éxito de las locomotoras de vapor hizo que las líneas de ferrocarril y las locomotoras se extendieran por todo el mundo.
La aparición del ferrocarril supuso un impulso para la industria, no solo la siderúrgica y la metalúrgica, sino también para las demás porque facilitaba el comercio. La situación de los trabajadores cambiaba también muy rápidamente y sus condiciones laborales eran pésima, por los que hubo muchos movimientos sociales para tratar de lograr alguna mejora.
domingo, 22 de junio de 2014
Vuestra opinión de Hillock Park
¡Sigo encantada y agradecida con la gran acogida de Hillock Park! Ahora tengo ganas de comentar con vosotros no solo los pormenores de la historia de amor entre Sarah Larson y Jonh Doyle, sino también sobre la situación de las clases obreras durante la revolución industrial.
Espero ansiosa vuestros comentarios. ¡Un abrazo!
Espero ansiosa vuestros comentarios. ¡Un abrazo!
sábado, 21 de junio de 2014
Gracias por la acogida
Me siento muy agradecida por la buena acogida que está teniendo Hillock Park entre vosotros. Espero poder leer críticas pronto, para poder mejorar en los sigueintes escritos.¡Un abrazo y mil gracias!
jueves, 19 de junio de 2014
Fragmento del capítulo III
Si el
señor Doyle estaba en Danford, no necesitaría averiguar su dirección en Leeds
ni trasladarse allí, pues su intención no era otra que hablar con él. Recibió
una respuesta afirmativa. Sarah pidió que lo avisaran, pero el recepcionista se
limitó a indicarle en qué habitación podría encontrarlo. Sarah dudó. No era
decente que una dama entrara sola en la habitación de un hombre, pero enseguida
pensó que lo más probable es que el señor Doyle estuviera acompañado del señor
Tyler. Con esta certeza, subió al segundo piso y llamó a la habitación que le
habían indicado. Estaba nerviosa y aquellos segundos se le cayeron encima. Por
fin la puerta se abrió. Ante ella apareció un hombre más joven de lo que
hubiera esperado y que, a pesar de que fruncía el ceño y no disimulaba su
disgusto por ser interrumpido, tenía un porte elegante. Unos ojos penetrantes
destacaban sobre una nariz aguileña en un rostro endurecido prematuramente. La
mirada rígida que le dirigió hizo dudar a Sarah de la conveniencia de su visita
y, casi sin voz, preguntó si era el señor Doyle.
Él
asintió con un gesto y, aunque no la invitó a pasar, ella penetró hasta el
recibidor. Temblaba, pero estaba decidida a no dejarse amedrentar.
–Me llamo
Sarah Larson –dijo en espera de alguna reacción en el rostro de él, pero la
mención de su apellido no le cambió la expresión–. Supongo que el señor Tyler
le habrá contado...
–¿La
manda el señor Tyler? –preguntó él.
Sarah
calló. No sabía cómo abordar el tema. Sin pretenderlo, miró una silla y el
señor Doyle comprendió que debía ofrecérsela. Ella se sentó, pero él permaneció
de pie.
–No, no
me manda el señor Tyler, pero pensaba que él estaría con usted y le habría
hablado de...
–Acabo de
llegar de Leeds. Aún no he podido entrevistarme con el señor Tyler –la
interrumpió de nuevo–. ¿De qué debería haberme hablado?
–Edward
Larson es mi primo –notó que él permanecía inmutable–. Supongo que recuerda al
señor Larson –insistió.
–Sí, lo
recuerdo –dijo sin mayor interés y, como si tuviera prisa por terminar con esa
intromisión, añadió:– Y, ¿puedo saber a qué debo el honor de su visita?
Sarah
notaba que en la solemnidad de su lenguaje no había afabilidad. Afortunadamente
él también se acercó una silla y, más que acomodarse en ella, se apoyó en un
extremo en una postura que no invitaba a permanecer así demasiado tiempo. Ella
aprovechó el inciso para reponer fuerzas y decidirse a continuar.
–Mi primo
le vendió Hillock Park, la casa de mi padre.
–Cierto.
Parecía muy ansioso por deshacerse de ella –recordó.
–Lo que
probablemente no sabía usted en esos momentos, o así me pareció entendérselo al
señor Tyler, es que mi hermana y yo residimos en Hillock Park.
–Se
equivoca usted, sí lo sabía, el señor Larson me informó de ello –la respuesta
sonó tajante.
–¿Lo
sabía? Y, aún así, ¿accedió a comprarla? –Sarah no pudo evitar que en su tono
de voz hubiera un matiz de censura.
–Si no
estoy equivocado, el propietario era el señor Larson. Creo que todo se ha
efectuado dentro de la legalidad –se defendió él–. ¿Por qué no debería haberlo
hecho?
–No se
trata de legalidad, señor Doyle. Se trata de... humanidad –dijo ella con firmeza
e imploración a la vez–. Si no fuera por mi hermana yo no me hubiera atrevido a
venir hasta aquí.
–¿Qué le
ocurre a su hermana? ¿Está enferma?
–No, no
está enferma. Pero mi hermana adora esa casa. Ni ella ni yo contábamos con que
fuera vendida –Sarah bajó el tono de su voz consciente de que debía parecer más
modesta–. Señor Doyle, le ruego encarecidamente que revoque la compra que le
hizo a mi primo.
–¿Por qué
debería revocar el contrato? Por lo que yo entendí, ni su hermana ni usted se
quedan en la calle –respondió él con voz de sorpresa.
–No, no
nos quedamos en la calle porque nuestra tía, la señora Lorrimer, es tan amable
de acogernos, pero Hillock Park es la casa en la que nos hemos criado, ¡toda
nuestra vida está allí!
–Lamento
que tengan una vida tan limitada, pero no puedo concederle el favor de devolver
Hillock Park –respondió en tono jocoso al tiempo que se levantaba incomodado
por esa demanda.
Sarah
también se levantó y, aunque se sentía humillada en esta situación, imploró una
vez más.
–Señor
Doyle, ¿no habría la menor posibilidad de que nosotras le arrendáramos la
propiedad? No podemos pagar mucho, pero...
–Señorita
Larson, si ese es el motivo de su visita, no hace falta que malgaste más el
tiempo de ninguno de los dos. Necesito Hillock Park –dijo como si más que de
una afirmación se tratara de una orden–. Aunque usted me ofreciera el doble de
lo que he pagado por ella, mi respuesta sería la misma.
El señor
Doyle se acercó a abrir la puerta para despedirla. Sarah permaneció quieta y,
con severidad, dijo:
–El señor
Tyler me había comentado que usted era un caballero.
–¡Un
caballero! ¿Qué reacción esperaba de mí?
¡He pagado un precio justo por esa casa! ¿Acaso tenía alguna esperanza de que
se la cediera porque dos señoritas se van a vivir con su tía? ¿Pensaba usted
que, por venir aquí con sus mejores galas, yo me vería obligado a aceptar tan
atropellada demanda por no sé qué caballerosidad?
Su mirada
se clavó en la de ella y parecía que iba a vociferar. Pero enmudeció unos
segundos que a Sarah se le hicieron eternos. Se supo estudiada y se sintió
pequeña. Recordó su vestido rojo y su deber de luto, recordó que estaba en la
habitación de un hombre sin otra compañía y que su conducta era inapropiada
para una dama. Pero no se le pasó por la cabeza la idea de que él estuviera
dolido por la ofensa al haber dudado de su caballerosidad.
–¿Acaso
sabe usted algo de mí para decirme qué soy o qué no soy? ¿Acaso su primo, el
señor Larson, es lo que usted considera un caballero? –mientras la interrogaba con
una mezcla de sarcasmo y dolor, se acercaba a ella. Sarah tuvo miedo. Él se
detuvo a una distancia todavía decorosa–. Me crié en una mina, señorita Larson,
¿cree que me interesa algo su concepto de caballerosidad? Dé un paseo por las
explotaciones o las fábricas y dígame qué pinta en este mundo su caballerosidad. Mire el estado de la
ciudad. ¡No! No es caballerosidad lo que aquí falta. Pretende usted conmoverme
porque va a vivir con su tía –repitió– ¡Vaya desgracia la suya! –la exclamación
no estaba exenta de mofa–. Desgracias son las que sufre cada día la gente que
la rodea, que también son sus vecinos, de ellos debe conmoverse, aunque no se
codeen en sociedad, y no de usted misma –era evidente que él trataba de
ridiculizar su súplica–. Creo que, al lado de todo esto, debe considerarse una
afortunada, señorita Larson.
–Está
claro –reaccionó ella– que usted y yo no vamos a llegar a un acuerdo. No está
en mi talante aceptar la demagogia como argumento –lo desafió.
Él se
sintió nuevamente molesto. Caminó por el recibidor, respiró profundamente y
luego dijo, con voz sorprendentemente serena:
–De
momento no puedo dedicarme a Hillock Park. Debo afrontar otras ocupaciones más
urgentes. Su hermana y usted pueden quedarse un tiempo. Las avisaré con la
suficiente antelación para que puedan mudarse sin prisas. Mientras, ocúpense en
hacer inventario de los muebles o ajuares que quieran quedarse y para los que
no encuentren otra ubicación, los guardaré el tiempo que sea necesario. No
puedo ofrecerle más.
–Su
postura ha quedado muy clara, señor Doyle. Descuide, mi hermana y yo nos
mudaremos esta semana. Hillock Park es suyo
y nosotras no interferiremos en... la legalidad
de la situación.
miércoles, 18 de junio de 2014
lunes, 16 de junio de 2014
Hillock Park ve la luz
¡Qué emoción! Hoy sale a la venta Hillock Park. La ilusión de ver publicada mi primera novela es algo inefable, solo quien lo haya vivido puede entenderlo. Un libro es como un hijo, tiene mucho mío, pero ahora se independiza de mí y empieza a vivir su propia vida.
La idea de escribir una historia de amor en un tiempo convulso de cambios sociales tiene mucho que ver con la situación que vivimos actualmente, pero a la inversa. Ahora estamos perdiendo todos aquellos derechos por los que tanto lucharon otros. El propietario de la otra mina de Danford, Friedman, debe su nombre a un economista que impartió clases en Chicago en los años 70 y que fomentó que distintos gobiernos aplicaran leyes de austeridad y privatizaran la sanidad, la educación, las pensiones y todo aquello que debería ser siempre del ámbito público (y gratuituo, y de calidad).
Espero que la historia conmueva no solo por la tensa relación entre Sarah Larson y Jonh Doyle, sino también por todas las tramas secundarias que la acompañan.
¡Un abrazo a todos los lectores y bienvenidos!
La idea de escribir una historia de amor en un tiempo convulso de cambios sociales tiene mucho que ver con la situación que vivimos actualmente, pero a la inversa. Ahora estamos perdiendo todos aquellos derechos por los que tanto lucharon otros. El propietario de la otra mina de Danford, Friedman, debe su nombre a un economista que impartió clases en Chicago en los años 70 y que fomentó que distintos gobiernos aplicaran leyes de austeridad y privatizaran la sanidad, la educación, las pensiones y todo aquello que debería ser siempre del ámbito público (y gratuituo, y de calidad).
Espero que la historia conmueva no solo por la tensa relación entre Sarah Larson y Jonh Doyle, sino también por todas las tramas secundarias que la acompañan.
¡Un abrazo a todos los lectores y bienvenidos!
domingo, 18 de mayo de 2014
Hillock Park. Sinopsis.
Una conmovedora historia de amor y esperanza , ambientada en el contexto de la Revolución industrial y la tambaleante moral victoriana.
Danford, Inglaterra, siglo XIX.
En el momento en que los sindicatos mineros empiezan a presionar en
leyes de protección laboral, Sarah y Katherine Larson ven cómo su mundo
se desmorona. Su padre murió hace pocos meses y dejó Hillock Park, su
hogar, en herencia a un sobrino quien ha vendido la propiedad. Y por eso
las hermanas se ven obligadas a ir a vivir con su tía Bertha, que cree
que lo mejor es buscarles un marido que les asegure el futuro.
El nuevo propietario de Hillock Park es John Doyle, un nuevo rico, que también acaba de comprar una mina y está despertando rumores en la ciudad porque ha mejorado las condiciones laborales de sus trabajadores. Por otro lado, las obras que está realizando en Hillock Park escandalizan a la familia Larson y le ponen en el punto de mira de la alta sociedad. Junto a Doyle han llegado a Danford, el abogado Tyler y el doctor Fischer con un proyecto en común que removerá los sedimentos de la estricta división de clases sociales, y que también involucrará a las hermanas Larson.
El nuevo propietario de Hillock Park es John Doyle, un nuevo rico, que también acaba de comprar una mina y está despertando rumores en la ciudad porque ha mejorado las condiciones laborales de sus trabajadores. Por otro lado, las obras que está realizando en Hillock Park escandalizan a la familia Larson y le ponen en el punto de mira de la alta sociedad. Junto a Doyle han llegado a Danford, el abogado Tyler y el doctor Fischer con un proyecto en común que removerá los sedimentos de la estricta división de clases sociales, y que también involucrará a las hermanas Larson.
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